Jaque Mate:

Su gesto era frío, aunque más que frío era inerte. No había ni pizca de vida en esos ojos oscuros. Si no fuera porque ya le conocía y hacia escasos segundos que me había hablado, habría jurado que estaba muerto sobre el sillón de cuero. El tablero de ajedrez estaba enfrente de él, a escasos centímetros, tan perfecto como siempre. Las figuras, igual de frías que él, esperaban cada una en su casilla, como un ejercito silencioso, desafiante ante su enemigo, tan desafiante como él e igual de frío. No hacia falta que dijéramos nada, los dos sabíamos lo que teníamos que hacer. Me senté ante él y durante un minuto nuestras miradas se pelearon como poco después lo iban ha hacer nuestras figuras. No había nada más que decir... la partida ya había empezado.

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Como podía hacer tanto frío esa maldita noche, era incapaz de explicármelo.. Todo el día había sido perfecto. Ni una pizca de viento ni una nube en el cielo, incluso había bajado al parque de debajo de mi casa haber como jugaban los niños, pero me había olvidado que desde hace años, los únicos que jugaban entre los hierros de ese parque eran las jeringuillas y los navajazos. Con la noche llegó el frío, por suerte no le acompaño el viento, pero no le hacía falta. Era un frío tan gélido que empapaba cada uno de mis huesos.. Quizás era una señal, una señal de que odiaba a lo que me había llevado hasta ese lugar en esa maldita noche, o que simplemente me odiaba a mi.

Un cigarrillo entre los dedos y una botella medio vacía eran mi lucha contra el frío. Mientras quemaba mis odios y miedos veía que aprisa corría el reloj, igual de deprisa que cuando me libre de su abrazo en el colchón de su cama, igual que cuando me quede parado frente a ella mientras ahogaba sus lagrimas en la almohada, igual de deprisa que cuando pase a buscar el paquete por la tarde, e igual de deprisa que cuando la llame por la tarde a casa, mientras sin hablar la escuchaba a través del hilo telefónico, pidiéndome que volviera a casa, diciéndome que aún estaba a tiempo y que mandáramos todo a la mierda. El cigarro acabó por quemarme los dedos, sin haberme dado cuenta se había acabado por consumir, igual que lo había hecho el tiempo que me quedaba.

- Mikel. Es la hora. Gorka, apúntatela, ya vendrá alguien a pagártelo mañana. - Cogí mi chaqueta, me eche un trago y opte por encenderme otro cigarro.

El bar estaba un par de calles más abajo de donde teníamos que ir. Iker, el hombre que iba conmigo, iba un poco más adelante que yo. Era la primera vez que le veía y esperaba que también fuera la ultima que tendría que verle. No habíamos hablado nada en todo el rato en el que habíamos estado esperando en el bar, pero eso que más da, ni el quería tener nada que ver conmigo ni yo con él, esto solo era algo que teníamos que hacer juntos y eso es lo que más odiaba, que yo no lo quería hacer, eso es lo que más hacía que me odiara a mi mismo.

Todo era muy confuso, como me engañaron para entrar o como me deje engañar. Necesitaba dinero y todo parecía muy bonito al principio. La gente me respetaba y era alguien por aya donde fuera. Me habían dado una casa, una casa donde poder estar con ella, donde abrazarle y contarle cada una de las pecas de su espalda, sin preocuparse por de que íbamos a vivir mañana. Sin tenía algún problema no tenía ni que decirlo, enseguida aparecía alguien, era como una gran familia donde si alguien caía se le levantaba entre todos. Pero ahí era donde acababa todo lo bonito. De pequeño me habían dicho que nunca se da nada por que si y fue ahí donde lo entendí. Primero fueron los recados y las palizas a los que se retrasaban en los pagos de las extorsiones, financiaciones para el ideal le llamaban. Luego llegaron los robos y los primeros incendios de locales. Alguna vez conseguí resistirme, por ella, pero porque no le pasara nada a ella tuve que seguir haciéndolo, sabían donde golpear para que hiciera daño. Hoy no se había quedado solo en eso, hoy solo me habían dado dos opciones, matar o morir, matar.... o morir los dos.

La pistola se me clavaba como un cuchillo en los riñones. Solo había disparado un par de veces, pero no es lo mismo hacerlo contra unas latas que contra algo que te mira, ver como su respiración abandona su cuerpo mientras sus ojos están clavados en ti. Agite mi cabeza intentando quitar de mí esa idea. Nos habían dicho que teníamos que esperar a que saliera del garaje. Nos habían dicho que no habría ningún problema y que saldría el solo. Que le habían hecho una llamada falsa para que tuviera que ir a la oficina y en el momento de salir se encontraría con nosotros. Me puse el pasamontañas, ya quedaba muy poco y la pistola ya me quemaba en la mano.

Los faros cruzaron delante de nosotros y nos abalanzamos por los laterales al coche. Con la pistola por delante, el primer disparo mordió el cristal de la puerta. Le agarre por el cuello de la camisa, me habían insistido en que antes de morir supiera porque moría pero para mí fue un error. En el asiento del copiloto había sentado un crió. Estaba llorando y preguntando que es lo que pasaba. Mire a los ojos al hombre y no vi miedo por su vida sino por la de su hijo, ante todo solo pensaba en él, estaba seguro de que sería capaz de hacer cualquier cosa por él, incluso morir en ese mismo momento.

Otro estruendo rugió en la noche seguido de unos cuantos más. Un mordisco de fuego me hizo caer de rodillas. Todo daba vueltas a mí alrededor. ¿Era mi sangre lo que mojaba mis manos?. ¿Cómo podía haber pasado?. Nunca llegue a enterarme si fueron los guardaespaldas o el propio Iker que tenía la misión de acabar con los dos, con él por no pagar y conmigo por traidor. Todo se volvía confuso y borroso excepto una imagen, la determinación en los ojos de ese hombre. Ojalá la hubiera tenido yo y nunca hubiera pasado nada de esto. Estaba tirado en el suelo, rodeado en un charco de sangre y solo podía pensar en ella. Ni en la causa, ni en mi, ni en mis amigos, solo en ella. Pensaba en como estaría acurrucada en el colchón, me preguntaba si habría sentido lo que me había pasado y sobre todo me preguntaba una cosa, ¿Cuánto tiempo tardarían en ir a buscarla?.(NdT)

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Las velas ya casi se habían consumido. Sobre el tablero ya solo quedaban muy pocas piezas. El rey blanco descansaba sobre el suelo como un muñeco de trapo. Enfrente de él Se erguía el rey negro junto a un pequeño y negro peón. Había estado cerca de conseguirlo, pero no había sido capaz de comérselo.

- Otra vez has vuelto a perder. Espero que algún día te tomes las partidas más en serio. -

Me levante enfadado y tire el sillón al suelo. Nuestras miradas desafiantes se clavaron un momento y en ellas dejamos claro todo lo que pensábamos. Me dirigí hacía la puerta y sal de la habitación sin mirar atrás. Antes de que se fuera oí como se reía, y como entre risa y risa me decía.

- Tranquilo, solo es una partida de ajedrez, mañana te espero a la misma hora.-

NdT: Ningun sueño merece acabar con el sueño de los demas.

El duende a rayas, Semel Insanimus Omnis