Era la primera vez que salía solo, tan tarde, a la calle. Tenía un poco de miedo. Y, cuando pasó por delante del parque, tan grande y tan oscuro, comenzó a correr. Llegó al huerto casi sin aliento. Le costo meter la llave en la cerradura. Al final, la puerta se abrió con un chirrido. Todo lo demás estaba en silencio. Ingo llamo a Drago por su nombre, primero en voz baja y, después, cada vez más alto.
- ¡Drago! ¡Draguituko! ¿Dónde estás?
El huerto todavía parecía más salvaje, como su desde la tarde aún hubieran crecido más cardos y ortigas. Se abrió paso entre rastrojos, buscó junto a la caseta. El colchón estaba vacío. Ni una huella de Drago. Al final se dio por vencido y se quedo parado. No sabía dónde buscar. No se oía nada. Sólo el viento de la noche movía las hojas.
De repente, oyó un ronroneo. Venía de arriba. Ingo levantó la cabeza y vio a Drago sentado en el peral.
- ¡Drago! ¿Cómo has subido?

Drago ronroneó más alto. Estiró dos hermosas alas y planeó hasta bajo, directamente a los pies de Ingo. Ingo notó cómo su corazón dejó de latir por un momento.
-¡Oh, draguituko! ¡ya… puedes… volar!
Intento acariciarlo, pero Drago se fue para atrás. Ingo supo, aun sin acariciarlo, que los dos bultos de su espalda se habían convertido en dos alas.
- ¿Ahora, te marcharás? - le preguntó.
Drago levantó la cabeza. La luz de la luna se reflejaba en sus ojos. De su garganta salió un sonido, que Ingo no había oído nunca. No era ni un ronroneo ni un gruñido; más bien una llamada extraña y melancólica.
- Pues vete cuando quieras… - le dijo Ingo.
Drago se volvió hacia la verja y emprendió en vuelo, cortando el cielo con sus alas. Miró hacía atrás, por si Ingo lo seguía. Con un ronroneo indicó que lo acompañara. Aleteando salió del huerto y, por encima de los tejados, cruzó la calle, hasta llegar al parque.

Ingo intentó alcanzarlo, pero cada vez que se acercaba para tocarlo, Drago emprendía el vuelo. No se dejaba tocar. Continuó volando por encima del parque. Cuando llegaron al seto, se labró un camino para cruzar, Las ramas crujían y se partían en dos. Ingo lo seguía. Detrás del seto estaba el prado, reluciente a la luz de la luna- No tenía fin, se perdía en el horizonte. Ingo se quedó parado. Drago apoyo su cabeza en el hombro del muchacho, cariñosamente, como hacía antes cuando era pequeño. Después aleteo hacía arriba, por encima de la hierba plateada. Silbó alto, describió dos círculos en el aire y subió hacia el cielo estrellado. Ingo lo siguió mirando, hasta que desapareció en lo alto.
- ¿Adónde vas, Draguituko? ¿Muy lejos? ¿Hasta Dragolandia? ¿Dónde nadie te tire piedras y te encierre en una jaula?
Dio la vuelta y corrió hasta casa. Hacía frío. A pesar de lo que corría, comenzó a tiritar. Tenía que ser tarde, las calles estaban vacías, como muertas.
Su madre se paseaba por delante de la casa. Cuando lo vio venir, salió a su encuentro.
- ¡Ingo! ¡No debes de estar bien de la cabeza! ¡Marcharte así! ¡De noche!
Ingo se echó en sus brazos .
- Drago se ha marchado. Para siempre. Le han salido alas y se ha ido volando…
Ingo temblaba y su madre le arropó con su abrigo.
- ¿Te duele que sea así? - le preguntó -. ¿Estás triste?
Ingo no supo responder y le dijo:
-Los espárragos, los rábanos y la bolsa de la compra… todo está en el huerto.
-No importa. ¿No me quieres contestar?
-No lo sé… - dijo -. Estoy triste por mí. Pero por Drago esto contento. ¿Puedo estar triste y contento a la vez?
-Sí, claro que sí - contestó mamá -. Ya lo ves.
Ingo, cubierto con el abrigo de mamá, entró en casa. Poco a poco, el calor volvió a su cuerpo.

(Extraido de Ingo y Drago, de Mira Lobe)